jueves, 10 de febrero de 2011

Acúfenos: Sección ruido y sociedad

31 Ene 2011 - 10:00 pm

Dharmadeva

El silencio violentado

Por: Dharmadeva
SOMOS UNA SOCIEDAD RUIDOSA Y aturdida como pocas. Nos da miedo el silencio, pues nos confronta con el ruido de nuestra propia mente mal educada, y entre más ruido tenemos adentro, más bochinche necesitamos afuera.

Son los tiempos del ruido y su fuente más perversa son las máquinas. El motor de explosión, nombre perfecto, considerado un avance cuando lo inventaron, es quizás la maldición más seria de este siglo. La contaminación auditiva de los buses, los automóviles, las motos, las plantas “eléctricas”, los taladros neumáticos, las grúas de construcción, los aviones cuyos dueños quieren ampliar los horarios de sus ruidos, para mencionar las principales, es frenética. Un peatón que quisiera caminar, o deba hacerlo, por una de nuestras avenidas principales, a duras penas puede conversar con otro, a gritos, y no sólo no hay disfrute al transitar por una calle, sino que la tortura de los decibeles de inmediato lo irrita hasta la agresividad de su animal acosado por estímulos que superan la tolerancia orgánica del sistema nervioso de la especie.
Hay también fuentes humanas y sociales del estrépito y artefactos que les sirven de medio. La lista interminable: los pitos y cornetas de los conductores ebrios de decibeles, el uso del equipo de sonido y sus parlantes que en el siglo pasado era un acto de compartirle al vecino y hoy son para competirle, la televisión con sonido cada vez mas “potente”, las discotecas sin aislamiento acústico que desalojan a los vecinos que huyen de la plaga, el perifoneo público y privado, etc. Y hay también manipulaciones de consumo, no por descaradas y subliminales menos perniciosas, a saber, la televisión de los aeropuertos, cuyo volumen en Colombia no deja oír ni los anuncios de los vuelos; la musiquita de los centros comerciales, almacenes y restaurantes, que incrementa el ruido natural de las llamadas grandes superficies o galpones sónicos que concentran las voces y fragores del comercio moderno.
Y los ruidos domésticos no dan tregua. El ubicuo celular y sus vástagos son la tortura gota a gota que no escampa. Los tonos de los timbres, pitidos y zumbidos de mensajitos abusivos, las alarmas del pin y, las más peligrosas, las microondas que cuecen las entrañas sin dejar el rastro. No falta la vecina de arriba y su tacón puntilla, el camioncito del niño que se arrastra, la fiesta entre semana, los gritos y los desagües de los inodoros (en Suiza está prohibido, si hay vecinos, soltar el sanitario después de ciertas horas). No hay literalmente un minuto de silencio. Y después del advenimiento de la rocola, las cuatrimotos y la guadañadora, un domingo en el campo es un infierno de pailas estridentes.
El maestro Puyana, desde su sensibilidad de músico, hace ya décadas había propuesto recuperar el derecho al silencio. Oídos sordos. Pero hay que recobrarlo, exigirles a las autoridades competentes por lo menos el cumplimiento de las normas de control de decibeles y a la ciudadanía, por higiene social y personal, conciencia de los ruidos que todos producimos.
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